Se acaba la segunda
temporada de la serie “Sherlock”, con el episodio “The Reinchenbach Fall”: el
“problema final” de Holmes. Ya sabemos cómo se resuelve este problema; pienso
que es el momento más importante en la trayectoria del personaje, el punto de la
historia en que cobra vida y se escapa de su propio autor, de Conan Doyle,
digo. Pero aquí esto no parece relevante. O sí.
El problema final de Holmes es Moriarty: el
maestro del crimen, el paradigma del villano. En “The Reinchenbach Fall” tiene
un papel muy importante, capital; uno no puede dejar de pensar el él, de tratar
de comprenderle, de descifrarle. Lo mismo que Sherlock. Porque sabemos que
existe en él algo perturbador, algo verdaderamente terrible: el peso de su
soledad, la soledad inverosímil del villano.
Hay un momento, en los último minutos del
episodio, en que Sherlock afirma “yo soy tú, soy como tú”. Y toda la angustia,
la huida, la incertidumbre, la sombra gélida de la muerte; todo lo que persigue
al héroe de Reinchenbach Fall se diluye en esa afirmación. Por supuesto que él
ha creado a Moriarty, que todo lo que proclaman los periódicos, las malas
gentes envidiosas, es cierto. El villano es una figura imposible: es solo el
miedo al páramo, al salto al vacío.
El actor que interpreta a Jim Moriarty tiene
unos ojos grandes y oscuros; pienso que son semejantes a los de mi propio
villano de cuento, y que quizás, a quien lo escogió, también le recuerden a ese
pozo negro al que te asomas en plena noche, sin ver nada. Desde luego, la vida
no es un cuento de hadas. O sí. En cualquier caso, el héroe gana, el villano
siempre pierde. Porque está solo.

PS Ejercicio: Al llegar a
casa, abriré al azar cualquier página de Holmes (emulando a Betteredge). A ver qué ocurre.